Epopeya del ejercito Vinotinto

VinotintoSeleccionVenezuelaRusia2018

En las historias épicas siempre existe un punto de inflexión. Aquel momento en el que inesperadamente todo cambia… y al paso del tiempo es complicado dar vuelta atrás y recordar ese instante exacto en que todo fue distinto. Y comencé a recordar que como en las batallas históricas, en el fútbol no todas las epopeyas tienen finales felices. Mejor dicho: las epopeyas son eso, instantes históricos, heroicos que a veces nada tienen que ver con finales felices.

Pero de eso se trata el fútbol, de sufrimiento que conduce a conclusiones gloriosas. De la promesa de un final feliz. Y el campo huele a eso. Al sudor que emanan los partidos inesperados, increíbles, en donde se construyen leyendas urbanas, mitos. Como aquel día en que un trallazo de Fernando Amorebieta ante Argentina, tiraba abajo no sólo la casa de Andújar y elevaba al José Antonio Anzoátegui, sino que ponía en cero, por espacios de tiempo, la historia que se reescribía con tinta “vinotinto”.

Para muchos de nosotros fue una jornada para elegir entre el derrotismo y los milagros –o las posibilidades. Es que en el fútbol la diferencia entre una y otra opción es tan delgada, como el gol que marcó Frank Feltscher en Barranquilla. Un tanto que, como en las batallas, nos decía que los nuestros habían atravesado el campo minado de dos poderosos de la zona y salían para contarlo… y celebrarlo. Venezuela estaba en la clasificación. Apretando el cuchillo con los dientes. Lo más curioso era que dos nuevos guerreros decidieron ganarse el uniforme con sudor y con goles. Y así, César Farías comenzó a reclutar un ejército que comenzó con 22 jugadores y terminó con 30 millones.

Comenzaba a caminar el ejército vinotinto y a conquistar nuevos territorios, dejando a su paso ese olor a posibilidades que se parece mucho al que despide un gol de último momento de Salo Rondón en el Centenario. Venezuela seguía viva, arriba, peleando por subir. Pero al principio aclaré que no todas las epopeyas tienen finales felices. Y vino el Chile de siempre, y la Bolivia de La Paz, que arrebataban puntos claves para pensar en preparar las maletas para ir a Brasil.

Así es el fútbol, como la vida. Que te mantiene dentro de las posibilidades y si se te va la marca te manda a la zona de repechaje… o peor aún, a ese limbo que en esta clasificación de Conmebol rumbo a Brasil se llama sexto lugar. Una posición tan dolorosa que el fanático del fútbol se prohíbe a sí mismo usar como excusa o premio de consolación. Porque sabemos que en el deporte –como en la guerra- el “casi” no existe.

Pero volvamos a mi aclaratoria de los finales felices. No es el objetivo. Y es que a fin de cuentas nadie construye un imperio de la nada. Nadie forma un ejército de jugadores sin saber que existen estiradas de arqueros que tapan goles. Goles que suben el average. Average que vale una clasificación y clasificaciones que no se consiguen.

Y regresé a pensar en el punto de inflexión. Y me encontré de pie, a kilómetros de mi país, frente al televisor. Con mi madre también de pie, frente a la misma pantalla y pensando probablemente lo mismo que yo. Llámelo milagro, posibilidad u opción. Me recordé imposibilitada a tomar asiento, debido a esas órdenes misteriosas que manda el cerebro al cuerpo y que sólo los amantes del fútbol entendemos. Esas que hacen impensable terminar de ver un juego sentados y que forman parte del enigma del deporte.

Me recordé con los latidos acelerados. Con las manos amarradas al corazón y el corazón conectado con otros 30 millones que como nosotras, formábamos un ejército vinotinto que se encontraba a 12 pasos de la gloria. En el manchón penal que nos llevaría a la siguiente batalla o que nos enviaría a casa. Y vaya que reviví aquel Paraguay-Venezuela de la Copa América. Y confieso que volví a llorar, sobre todo al mirar atrás y ver el campo de batalla que fuimos conquistando jornada a jornada, pero que hoy nos tiene con un “casi” de nudo en la garganta.

Es cierto, en el mundo del fútbol el “casi” no existe. Pero no es menos cierto que fuimos, somos y seremos parte de una epopeya que comenzaron a escribir tantos nombres hace tantos años cuando jugábamos de visita en casa, como dijo una vez José Manuel Rey. Cuando nuestros dominios no tenían bandera y nuestro ejército no tenía soldados. Ahora, de a poco, tenemos una camiseta cosida con historia y sudada con honor. Y perdonan que me incluya en este “nosotros” pero es difícil sentirse periodista cuando eres simplemente un fanático vinotinto, de pie, frente a una televisor, esperando a que sus guerreros conviertan el “casi” en un “somos mundialistas”. Faltan batallas, pero el mundo del fútbol también está lleno de finales felices. Los que amamos el deporte lo sabemos.

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La Chica del Banquillo

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