De la épica historia del séptimo juego de los Cubs

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Había llegado la lluvia a Progressive Field. Era lo único que faltaba. Transcurría el noveno episodio del juego 7, uno que estuvo a la altura de la espera de 176 años por un título entre los Cubs y los Indians. Dos equipos golpeados históricamente, pero con aficiones con una Fe directamente proporcional al tiempo que llevaban sin ganar una Serie Mundial. Si, el último juego no defraudó a nadie. Tuvo los errores de Maddon, los de Lester… los de Báez y pare de contar. Tuvo también el jonrón de Javi, el toque de pelota que no funcionó… las malas decisiones del manager de los hoy campeones y el batazo oportuno del MVP Ben Zobrits en el décimo.

Es que los Cubs no podían ganar de otra manera. Tenían que hacerlo así: en Cleveland, en extra innings, luego de ir perdiendo la serie 3-1… y hasta pasados por agua. La combinación resultó para acabar con la famosa maldición. O quizás funcionaron los trucos del rompe-maldiciones Theo Epstein. Y es que quien logró acabar con la maldición del “Bambino” en Boston lo tenía claro “luego de 108 años de historia podíamos obtener alguna ayuda divina”.

Lo cierto es que en mientras se retrasaba el juego durante 17 minutos por la lluvia, en el clubhouse de los Cubs surgió la inspiración. Por un lado los bateadores comenzaron a levantar pesas. Y es que luego de estar al borde de la eliminación, los Cachorros pasaron a un estado mental de “¿cuál maldición?”. Es lo que te hace ir abajo 3-1. Unos Cubs que pasaron por 18 entradas sin anotar en la Serie ante los Dodgers… unos que insistían en los batazos largos para remolcar carreras… pero unos que siguieron insistiendo.

Como dijo el venezolano Miguel Montero no podían pensar en ganar tres cuando tenían que ganar uno. Uno a la vez. Uno que valía 108 años de espera. Como decía uno de los carteles colgados entre los aficionados, ahora, y sólo ahora cuatro generaciones pueden perdonar a la cabra, a Bartman y compañía. En ese momento, tan cerca de conseguirlo, tomó la palabra Jason Heyward, para decirle a sus compañeros que los amaba. Que estaba orgulloso de todo lo que habían superado en conjunto. Que tenían que mirarse en el espejo y saber que todos habían contribuido durante la campaña para llegar a ese punto.

A ese momento que se veía tan lejano en la realidad, pero que estaba por suceder. Heyward tocó sus corazones. Digo que no sabía cómo iba a pasar, ni cómo lo conseguirían, pero que tenían que salir y colgar otra W. Lo demás es historia. Los Indians se acercaron a una carrera. Pero ya los fantasmas no sobrevolaban Chicago, y estaban lejos de Cleveland. La historia de los Cubs no podía terminar tendida en el terreno. Tampoco podía ser menos épica. En las afueras de Wrigley Field cuelga una marquesina que dice “Campeones de la Serie Mundial”. Al Fin.

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La Chica del Banquillo

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